También está demostrado que el pecho de la mamá es capaz de regular la temperatura del recién nacido. Aunque parezca increíble, si vuestro hijo tiene fiebre y os lo ponéis en el pecho, sorprendentemente la fiebre bajará. No es magia sin más, es la magia del apego materno. Un niño recién nacido quiere y necesita estar en contacto con su madre, y esto lo hace por medio del sentido del tacto que es su modo de conocer el mundo. Os invito a que hagáis un ejercicio de representación mental y os imaginéis cómo sería todo sin el sentido del tacto. Os daréis cuenta así que sin él no podríamos sobrevivir. Sin embargo, sí podemos hacerlo sin cualquier otro sentido. Y es que es el primer sentido que se desarrolla en el útero y el último en abandonarnos. ¿A quién no le gusta que le den un gran abrazo cuando ha tenido un mal día? Es mejor que cualquier palabra o frase ¿no?, pues a nuestros bebés les ocurre lo mismo.
Uno de los mayores defensores de este tipo de crianza es Michel Odent. Para él, el bebé es un mamífero que tiene necesidades indiscutiblemente ligadas a esta condición, tanto en el nacimiento como en su crianza. Nos hemos empeñado en diferenciarnos de la especie animal, y es un gran error. De hecho, cada paso que damos para separarnos, lo damos a su vez para desviarnos de la interpretación del comportamiento evolutivo.
El llanto
del bebé, por ejemplo, es un proceso fisiológico para llamar nuestra atención.
Es el mecanismo mediante el cual el bebé nos pide algo. Si no recibe respuesta,
el bebé se estresa y se frustra segregando cortisol, la hormona del estrés, y
haciendo que el organismo libere glucosa a la sangre a fin de cargar de energía
a los músculos. Obviamente, se está creando una situación de alarma en el
organismo de nuestro bebé. Si esto ocurre con demasiada asiduidad, lo que
conseguiremos son niños mucho más irascibles y violentos. En las consultas de
los psicólogos podemos encontrarnos con casos de niños con baja autoestima,
inseguridad personal, mala relación con los padres, y problemáticas similares. En
muchos de estos casos, se ha comprobado que, según cuentan sus propios padres,
son niños que de bebés lloraban mucho y por todo. Incluso coincide con el hecho
de que tuvieron poco contacto físico con los padres, es decir, dormían desde
muy pequeños en otra habitación, les cogían poco en brazos, etc. ¡Ojo!, con
esto no quiero decir que todos los bebés criados desde una perspectiva alejada
al apego deriven en niños con este tipo de problemáticas.


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